Chuparse el dedo es un hábito frecuente durante los primeros años de vida. Para muchos niños es una forma de calmarse, conciliar el sueño o sentirse seguros y, mientras son pequeños, no tiene por qué suponer ningún problema.
La situación cambia cuando el hábito se mantiene durante demasiado tiempo, especialmente a medida que aparecen y se desarrollan los dientes definitivos. La presión constante del dedo puede influir en la posición de los dientes, el crecimiento de los maxilares y la forma en la que el niño muerde.
En este artículo os explicamos qué consecuencias puede tener chuparse el dedo y qué podemos hacer para ayudar al niño a abandonar el hábito.
Alteraciones en la posición de los dientes
Una de las consecuencias más habituales de chuparse los dedos durante la infancia es el desplazamiento progresivo de los dientes anteriores.
Los incisivos superiores pueden inclinarse hacia delante mientras que los inferiores pueden desplazarse hacia atrás, modificando la posición natural de ambas arcadas.
Mordida abierta
La mordida abierta aparece cuando los dientes anteriores superiores e inferiores no llegan a contactar al cerrar la boca.
El dedo ocupa repetidamente ese espacio e impide que los dientes evolucionen hacia su posición normal.
Esta consecuencia de chuparse los dedos puede dificultar determinadas funciones como cortar algunos alimentos o pronunciar ciertos sonidos.
Paladar más estrecho
La presión continuada del dedo y la forma en la que trabaja la musculatura durante la succión también pueden influir en el desarrollo del maxilar superior.
En algunos niños puede aparecer un paladar más estrecho, lo que favorece problemas de espacio para los dientes y determinadas alteraciones de la mordida.
Mordida cruzada
Cuando el maxilar superior se desarrolla de forma más estrecha de lo habitual, algunos dientes superiores pueden quedar por dentro de los inferiores al cerrar la boca.
Es lo que conocemos como mordida cruzada, una alteración que conviene valorar durante el crecimiento para evitar que condicione el desarrollo de los maxilares.
Cambios en la forma de tragar o hablar
Cuando el hábito de chuparse los dedos se mantiene durante años, la posición de la lengua y la musculatura oral también pueden adaptarse a esa situación.
En algunos casos pueden aparecer alteraciones en la deglución o dificultades para pronunciar determinados sonidos, especialmente si existen además cambios importantes en la mordida.
No es necesario preocuparse porque un niño pequeño se chupe el dedo ocasionalmente. Sí conviene pedir una valoración cuando el hábito continúa durante años, resulta muy frecuente o empiezan a observarse cambios en sus dientes o en su mordida.
Si el hábito ha provocado alteraciones en la posición de los dientes o en el desarrollo de los maxilares, en Brånemark Kids podemos valorar si es necesario realizar un tratamiento de ortodoncia infantil para corregirlas y favorecer un crecimiento adecuado, ¡contáctanos para cuidar de su sonrisa!29





